¿Cómo se sostiene una práctica artística durante décadas?
Artistas, fotógrafos, actores, músicos... intentan construir una carrera creativa sin renunciar a la estabilidad necesaria para seguir creando.
¿Cómo se sostiene una vida dedicada a crear...
... Cuando el propio sistema obliga constantemente a elegir entre vivir y seguir creando?
Hace unos días escuché al actor Fernando Ramallo hablar de una situación que me resultó familiar. Contaba que tenía un trabajo (alimenticio) y que, de pronto, había aparecido una oportunidad como actor. Para aceptarla tenía que dejar el trabajo. Si elegía la oportunidad artística, perdía la estabilidad. Si elegía la estabilidad, perdía la oportunidad. (Ramallo, 2026)
No había una opción buena y otra mala. Había dos cosas valiosas que no cabían al mismo tiempo en su vida.
¿Aceptar una oportunidad artística que implica renunciar a la estabilidad? ¿O proteger esa estabilidad, aun sabiendo que puede alejarte de aquello a lo que has dedicado buena parte de tu vida?
Mientras lo escuchaba, tuve la incómoda sensación de que aquella conversación no hablaba solo de la interpretación. Tampoco de la fotografía. Ni siquiera del arte.
Hablaba de algo mucho más profundo.
De cómo se sostiene una vida cuando una parte esencial de ella consiste en crear.
Los lenguajes de mi práctica artística han cambiado con los años. Han cambiado las herramientas, los proyectos, las personas con las que he trabajado e incluso mi manera de entender qué significa ser artista.
Lo que no ha cambiado son algunas realidades y preguntas…
Cuando pensamos en la práctica artística solemos hablar de la obra. De cómo mejorarla, producirla, financiarla, exponerla, difundirla o venderla. Hablamos de técnica, de referentes, de convocatorias, de residencias, de galerías, de becas o de algoritmos.
Todo eso importa.
Todo eso forma parte del trabajo.
Pero rara vez dirigimos la mirada hacia quien está al otro lado de la obra o nos preguntamos qué condiciones necesita una persona para seguir creando durante veinte o treinta años.
No me refiero únicamente al dinero, aunque sería ingenuo fingir que no importa. Hablo también del tiempo, de la energía, de la salud, de la incertidumbre, de los vínculos, del descanso, de los trabajos paralelos y de todas esas decisiones silenciosas que nunca aparecen en un currículo, pero que terminan determinando qué obras llegan a existir y cuáles se quedan para siempre en el territorio de lo posible.
Toda obra descansa sobre una infraestructura invisible que rara vez queremos mirar.
Sí que hablamos de cómo sostener proyectos.
Mucho menos de cómo sostener la vida de quienes los hacen posibles.
Nos hemos preguntado cómo producir más, cómo ser más visibles, cómo aprovechar mejor cada oportunidad o cómo adaptarnos a un entorno en constante cambio. Son preguntas legítimas, pero dejan otra en la sombra:
¿Qué necesita una persona para poder seguir creando sin que el propio camino termine agotándola?
Esperar a que te llamen
Cuando trabajaba como actriz, una parte considerable de mi vida consistía en esperar.
Esperar una audición. Una llamada. Un chivatazo. El comienzo de los ensayos. La confirmación de una producción que podía ponerse en marcha o desaparecer de un día para otro.
Desde fuera, esa espera resultaba incomprensible.
Recuerdo explicárselo a un fisio que me estaba tratando una lesión. Le sorprendía que pudiera pasar varios meses sin trabajar como actriz. No entendía cómo funcionaba aquello de tener que esperar a que te llamaran. Ni que, por ejemplo, unas simples vacaciones en Galicia supusieran una dificultad para nadie si «Está ahí al lado»… Él «No podría vivir así»… No… Si ya, ya…
La pregunta implícita era sencilla: si no hay trabajo, ¿por qué no haces otra cosa?
El problema es que la espera también forma parte del trabajo, aunque nadie la pague.
Para aceptar una oportunidad necesitas conservar cierta disponibilidad. No puedes comprometerte completamente con otra vida porque quizá mañana suene el teléfono. Pero tampoco puedes vivir indefinidamente pendiente de una llamada que puede no llegar.
Esa disponibilidad no aparece en los currículums, no cotiza y no se factura. Tampoco se considera trabajo el tiempo empleado en entrenar, preparar pruebas, mantener contactos, buscar convocatorias, desplazarse, investigar o continuar formándote mientras aparentemente “no estás trabajando”.
Solo parece contar el momento visible: la función, el rodaje, la exposición, la venta.
Todo lo que permite que ese momento exista queda fuera de plano.
En julio de 2026, el desarrollo del Estatuto del Artista en España ha definido con mayor claridad los tiempos que se consideran de trabajo efectivo como todos aquellos sujetos al poder de dirección de la empresa como, por ejemplo, los trabajos de preproducción (como los ensayos) o postproducción, o las actividades de promoción. (Ministerio de Trabajo y Economía Social, 2026). Que haya sido necesario reconocerlo legalmente demuestra hasta qué punto una parte esencial del trabajo artístico se ha tratado históricamente como si no fuera trabajo.
Reinvéntate
En otra ocasión fue en una consulta médica donde comentaba algunas condiciones por las que acababa de pasar en una audición (y que resultaban incomprensibles para quien estaba al otro lado de la mesa) quien me dio LA SOLUCIÓN.
“Ah! Pues fácil… ReinvéntatE”
Lo dijo con esa tranquilidad con la que se ofrecen las respuestas cuando el problema pertenece a otra persona.
Recuerdo pensar: perdone, señor, yo me he reinventado mil veces. Me he reinventado como gestora de contenidos, como creadora de páginas web, como fotógrafa, como artista visual. He aprendido programas, técnicas, lenguajes y profesiones nuevas. He cambiado de disciplina, de herramientas y de maneras de trabajar.
¿Cuántas veces se ha reinventado usted?
La frase nunca salió de mi boca de esa manera, pero se quedó conmigo.
Porque los artistas nos reinventamos constantemente. No suele faltarnos capacidad de adaptación. En muchas ocasiones nos adaptamos mucho más de lo que sería razonable exigirle a cualquier trabajador.
Aceptamos trabajos paralelos. Aprendemos a gestionar una web, llevar redes sociales, escribir proyectos, preparar presupuestos, producir, comunicar, montar, desmontar y explicar una y otra vez lo que hacemos. Nos convertimos en comerciales, administradores, diseñadores, técnicos, productores y responsables de prensa de nuestro propio trabajo.
Después alguien nos aconseja reinventarnos, como si la reinvención fuera una puerta que todavía no se nos había ocurrido abrir. Pero…
Cada nueva reinvención consume recursos.
No se empieza una profesión nueva sin gastar tiempo, dinero, atención y energía.
Y todo eso sale del mismo lugar del que tendría que salir la obra.
Por eso llega un momento en el que la cuestión ya no es cuántas veces eres capaz de reinventarte.
La cuestión es cuántas veces puedes volver a empezar sin desaparecer por el camino.
Hazlo como hobby
Cuando alguien que nunca ha vivido dentro del mundo artístico escucha todo esto, suele aparecer otra solución aparentemente sensata:
“Siempre puedes hacerlo como hobby”.
Mi amigo Víctor [victorescuinborras.com] me preguntó una vez si no me apetecería hacer teatro amateur. Carmen, su mujer, lo hace y conocía a otros actores que participaban en grupos de aficionados. Su propuesta era cariñosa y no contenía ningún desprecio por mi trayectoria.
Pero mi respuesta fue inmediata: NO.
No porque considere que el teatro amateur sea inferior. Hay personas que lo viven con enorme dedicación y grupos que realizan trabajos magníficos. No se trata de establecer una jerarquía.
Se trata de que yo ya no sé relacionarme con el teatro de esa manera.
El teatro fue mi profesión, mi formación, mi lenguaje y durante muchos años mi proyecto de vida. No puedo regresar a él como quien recupera una actividad para ocupar dos tardes a la semana.
O hago teatro, con el compromiso y el espacio mental que eso significa para mí, o no lo hago.
Con la fotografía me sucede algo parecido. Si algún día dejara de poder sostenerla como práctica profesional, probablemente no la convertiría en un pasatiempo. Redirigiría mi práctica artística en otra dirección.
Sé que esta es una experiencia particular y no todos los artistas la comparten. Pero, para mí, lo que permanece no es necesariamente la disciplina. Es la necesidad de mantener una práctica artística viva, un trabajo en el que pueda implicarme de verdad.
Lo irrenunciable no es la herramienta.
Lo irrenunciable es poder continuar creando con profundidad, ambición y continuidad.
Decirle a alguien que convierta su profesión en un hobby parece una solución porque elimina la obligación de que esa actividad produzca dinero. Pero también elimina el tiempo, la disponibilidad, la investigación y el compromiso que necesita una práctica profesional.
El hobby ocupa el tiempo libre.
Una práctica artística necesita un tiempo propio.
Y casi nunca sobra.
¿Cuánto estás dispuesta a sufrir por crear?
El problema de la energía
La energía también es un recurso.
No es abstracta ni infinita. Depende de la edad, la salud, los cuidados, las obligaciones, el cansancio acumulado y las circunstancias concretas de cada vida.
A los veinte años puedes trabajar durante el día, ensayar por la noche, preparar una prueba de madrugada y presentarte al día siguiente convencida de que todo ese esfuerzo merece la pena.
Años después no te preguntas únicamente qué eres capaz de hacer.
Empiezas a preguntarte para qué tienes energía.
Cuando mi amigo me propuso hacer teatro amateur, pensé algo muy sencillo: bastante energía me cuesta hacer lo que hago como para emplear además otra parte de mí en hacer teatro como entretenimiento.
No es falta de amor por el teatro. Tampoco es soberbia.
Es una decisión sobre dónde colocar unos recursos que ya no son ilimitados.
Cada nueva actividad compite con la obra, pero también con el descanso, la salud, las relaciones, los cuidados y el derecho a no estar produciendo constantemente.
La cultura del esfuerzo tiende a interpretar cualquier límite como una falta de compromiso.
Si realmente lo deseas, encontrarás tiempo.
Si realmente lo amas, lo harás aunque no te paguen.
Si realmente eres artista, crearás en cualquier circunstancia.
Es una bonita idea mientras no sea tu vida la que deba sostenerla.
La creación necesita deseo, pero el deseo no sustituye al descanso.
No paga los materiales.
No amplía las horas del día.
No devuelve al cuerpo una energía que ya ha gastado.
En una entrevista reciente, la música Kaina habla precisamente de la necesidad de parar cuando la cultura del esfuerzo permanente comienza a vaciar al artista, y de la relación inevitable entre el dinero, el descanso y la posibilidad de continuar creando. (The Creative Independent, 2016)
Quizá la pregunta no sea cuánto estás dispuesta a sacrificar por tu obra.
Quizá sea cuánto puedes sacrificar sin destruir las condiciones que permiten que esa obra siga existiendo.
Profesiones que muchos interpretan como una afición
Gran parte de esta incomprensión nace de una contradicción.
La sociedad valora el arte, pero a menudo no reconoce el trabajo que lo produce.
Queremos películas, libros, obras de teatro, fotografías, música, exposiciones y series. Queremos cultura durante las crisis, durante los encierros, cuando necesitamos comprender lo que ocurre y cuando simplemente deseamos soportarlo.
Pero la persona que produce esa cultura continúa siendo vista como alguien que ha elegido una vida peculiar y debe asumir las consecuencias.
Como si el carácter vocacional del trabajo eliminara su dimensión laboral.
Como si disfrutar de una profesión significara que no necesitas cobrar por ejercerla.
Como si la inestabilidad fuera una condición natural del arte y no el resultado de una organización económica y política concreta.
W.A.G.E., una organización creada por artistas, intérpretes y comisarios independientes en Estados Unidos, nació precisamente para señalar esta contradicción: los artistas aportan trabajo y valor a las instituciones, aunque con frecuencia se espere que lo hagan sin una remuneración adecuada.
En España, los informes sobre las condiciones de los profesionales culturales hablan de intermitencia de ingresos, pluriempleo, precariedad y abandono de la actividad. No son únicamente relatos personales ni quejas de personas que no han sabido adaptarse. Son características recurrentes del sector.
Sin embargo, el discurso que recibimos sigue siendo individual:
Organízate mejor.
Diversifica.
Emprende.
Reinvéntate.
Hazlo en tu tiempo libre.
No es que estos consejos siempre sean equivocados. Muchos artistas organizamos, diversificamos, emprendemos y trabajamos en otros sectores.
El problema es que se presentan como soluciones a una estructura que precisamente se sostiene gracias a nuestra capacidad ilimitada para adaptarnos.
La reinvención permanente de algunas permite que el sistema no tenga que reinventarse nunca.
La persona que produce cultura continúa siendo vista como alguien que ha elegido una vida peculiar y debe asumir las consecuencias.
Las decisiones imposibles
No todas las oportunidades artísticas son buenas. También existe explotación, vanidad, promesas vacías y proyectos que solo buscan beneficiarse del deseo de los artistas por continuar trabajando.
Pero incluso una buena oportunidad puede llegar en un momento imposible.
Puede requerir una inversión que no tienes. Una disponibilidad incompatible con el trabajo que te mantiene. Un desplazamiento, una producción o una dedicación que no puedes asumir sin poner en peligro otra parte de tu vida.
Entonces aparece LA CULPA.
Si dices que no, quizá no lo deseas lo suficiente.
Si aceptas y las cosas salen mal, has sido irresponsable.
Si mantienes el trabajo estable, no estás apostando por tu carrera.
Si lo dejas, no sabes cuidar de ti.
El artista queda atrapado entre discursos contradictorios: debe arriesgarlo todo para demostrar que cree en su obra, pero también debe ser completamente autosuficiente y no molestar a nadie con las consecuencias de ese riesgo.
Se nos pide vocación absoluta y responsabilidad financiera perfecta.
Disponibilidad total y estabilidad.
Debemos actuar como profesionales cuando producimos, pero como aficionados cuando llega el momento de transigir condiciones o cobrar.
Por eso muchas decisiones no consisten en elegir entre el miedo y el deseo.
Consisten en elegir qué pérdida puedes soportar.
Sostener no es resistirlo todo
Durante mucho tiempo confundí sostener una práctica artística con resistir.
Resistir la incertidumbre. Los periodos sin trabajo. Las oportunidades que no llegaban. Las que llegaban demasiado tarde. Los proyectos que exigían mucho más de lo que devolvían.
Pero sostener no puede significar soportarlo todo.
Tampoco consiste en permanecer fiel a una única disciplina, una única carrera o una idea inalterable de quién pensabas que serías.
Yo dejé el teatro como centro de mi vida y encontré otra forma de crear. No sé si eso puede llamarse reinvención. Quizá sí. Pero no ocurrió porque alguien me aconsejara buscar una alternativa práctica.
Ocurrió porque mi necesidad de crear encontró otro lenguaje.
Eso no convierte en falsos los años anteriores. Tampoco hace que el camino nuevo resulte sencillo.
La continuidad de una vida artística no siempre se parece a una línea ascendente. A veces está hecha de interrupciones, cambios de rumbo, trabajos paralelos, largos periodos invisibles y disciplinas que se abandonan para que otra parte de la práctica pueda sobrevivir.
En su recopilación Living and Sustaining a Creative Life, Sharon Louden (The New Yorker, 2024) reunió las voces de cuarenta artistas para mostrar precisamente que no existe un único modelo de vida creativa. El elemento común no es una fórmula económica ni una trayectoria perfecta, sino el esfuerzo sostenido por encontrar una estructura vital que haga posible continuar.
Quizá eso sea sostener.
No resistir hasta romperse.
No aceptar cada oportunidad.
No convertir cada minuto libre en trabajo.
Sino construir, corregir y proteger las condiciones que permiten seguir creando. A veces eso significa
Aceptar un empleo fuera del arte.
A veces significa rechazarlo.
A veces significa abandonar una disciplina que habías amado.
A veces significa decir que no a una oportunidad que, en otro momento, habría sido exactamente lo que deseabas.
Y ninguna de esas decisiones garantiza nada.
Cómo sostener una práctica artística
No creo que exista una fórmula capaz de resolver la tensión entre estabilidad y disponibilidad, entre dinero y tiempo, entre creación y cansancio.
Tampoco creo que todo dependa de cambiar el sistema, como si mientras tanto nuestra vida pudiera quedarse suspendida. Hay que tomar decisiones concretas dentro de las condiciones existentes, aunque sean injustas o insuficientes.
Pero quizá lo primero sea dejar de interpretar esas dificultades como fracasos personales.
No es necesariamente que no te hayas esforzado lo suficiente.
No es que te falte pasión.
No es que todavía no hayas encontrado la manera correcta de reinventarte.
Tal vez estés intentando sostener una práctica dentro de una estructura que te obliga continuamente a elegir entre las condiciones necesarias para crear y las condiciones necesarias para vivir.
Poner nombre a ese conflicto no lo resuelve.
Pero permite mirar la propia trayectoria de otra manera.
Permite entender que cambiar de lenguaje no siempre es rendirse. Que rechazar una oportunidad no siempre es tener miedo. Que necesitar estabilidad no te convierte en menos artista. Que proteger tu energía no significa que hayas dejado de creer en lo que haces.
Y que la pregunta importante quizá no sea cuánto estás dispuesta a sufrir por crear.
Quizá sea qué clase de vida necesitas construir para poder seguir haciéndolo sin desaparecer por el camino.
Ramallo, F. [@elramallet]. (2026, 21 de julio). No sé ni por donde empezar. Solo deciros que estoy bastante triste con una decisión. TikTok. [Vídeo]
Ministerio de Trabajo y Economía Social. (2026, 21 de julio). El Gobierno aprueba el Estatuto del Artista reforzando la protección ante el acoso y garantizando el bienestar de los y las menores. Gobierno de España. https://prensa.mites.gob.es/webPrensa/listado-noticia/noticia/4553
Chilukuri, S. (2026, 23 de junio). Kaina habla sobre la importancia de tomarse un respiro cuando es necesario . The Creative Independent.
https://thecreativeindependent.com/people/musician-kaina-on-stepping-back-when-you-need-to/?utm_source=chatgpt.com
The New Yorker (2024). Sharon Louden: A Lifetime of Championing Working Artists. Exploring the Intersection of Art, Mentorship, and Financial Wellness. https://www.newyorker.com/sponsored/story/sharon-louden-a-lifetime-of-championing-working-artists
W.A.G.E (2008). W.A.G.E. Works to draw attention to economic inequalities that exist in the arts, and to resolve them.
https://wageforwork.com/womanifesto
UNESCO (2023). Empowering creativity: implementing the UNESCO 1980 Recommendation Concerning the Status of the Artist.
https://unesdoc.unesco.org/ark:/48223/pf0000387452
